Docentes

Los diferentes espacios que se generan en el mundo actual están dinamizados por diferentes prácticas educativas que convergen dentro del entorno escolar y de los demás espacios sociales y culturales donde se desarrollan experiencias de vida de cada individuo; por consiguiente, se puede ahondar que en las líneas educativas existen y se complementa un conjunto de procesos cargados de cultura y significado de acuerdo a los contextos históricos y sociales, y uno de ellos está albergado en las prácticas de lectura y escritura que se promueven desde los primeros años de vida del ser humano, propiciando momentos de arraigo con lo cultural, para entender y visualizar los porqués de su realidad.


Es así, que para dar significación a las prácticas de leer y escribir se hace necesario entender sus concepciones y cómo éstas han tomado una reconfiguración a partir de las distintas realidades históricas, sociales, académicas y culturales que se han desarrollado a lo largo del evolucionar del hombre; por ello, es determinante las apreciaciones que hace Emilia Ferreiro (2001) en su libro: pasado y presente de los verbos leer y escribir”, donde muestra las reconfiguraciones que se han dado en la escuela a partir de estas prácticas y han pasado por múltiples definiciones que las han limitado muchas veces a factores meramente mecánicos o técnicas mentales que favorecen de una u otra forma la adquisición de un saber. 
 
Desde este punto, hay que clarificar que la lectura y la escritura van más allá de la decodificación y la copia. Son procesos sociales que dan identidad a grupos y les permiten dar significación a sus distintas prácticas, permitiendo entender y reflexionar sobre su mundo, tal como entiende la alfabetización Ferreiro donde centra dicho proceso como “un continuo que va desde la infancia a la edad adulta y, dentro de ésta, un continuo de desafíos cada vez que nos enfrentamos con un tipo de texto con el cual no hemos tenido experiencia previa” (Ferreiro, 1997, pág. 4).

Es importante señalar  las aportaciones de Moráis (2001) quién enuncia que el “El binomio lectura-escritura es indisociable, sólo hay lectura allí donde hay escritura. La lectura es un medio para adquirir información y la escritura es un medio de transición de información, por consecuencia forma parte de un acto social” (Moráis 2001:97). Por lo tanto, queda claro que leer y escribir  no es simplemente trasladar el material escrito a la lengua oral; leer significa interactuar con un texto, comprenderlo y utilizarlo con fines específicos y escribir, como una práctica activa para la organización del contenido del pensamiento para que otros comprendan el mensaje.

Desde aquí, se puede argumentar o poner en discusión que dichas prácticas (leer y escribir) como escenarios socioculturales depende, en gran medida, de la posibilidad de participar en su uso con personas que las conoce y las utiliza en contextos – comunidades sociales definidas donde prima la interacción entre los individuos, acreditándose como condición necesaria para aprender a convivir y hacer historia.

Lo que aleja ideas  o teorías que es solo un proceso mental individual, que se constituye a lo largo de la vida como sistema mecánico y productor de significados que luego se ponen en consideración con el otro (sociedad) y otros textos; olvidando que estos procesos  y sus relaciones se dan en contextos culturales, históricos e institucionales en línea directa con los demás sujetos que movilizan las ideas de aprendizaje a través de la participación y los vínculos de afectividad que permiten conocimiento, saberes y habilidades aportadas por los participantes en los eventos de interacción, discusión acerca de la pluralidad de las formas, usos, prácticas, propósitos y creencias sobre la escritura y la escritura. Éstas últimas como actividades sociales que muestran la diversidad del sujeto a la hora de dar perdurabilidad a sus experiencias y de compartirlas con sus pares (sociedad) para conformar historia y movilizar espacios culturales, que con seguridad generaran otras lecturas en pro o en contra de lo vivido, lo leído y lo escrito.

Desde esta mirada hay otras perspectivas que apoyan los conceptos de lectura y escritura de una forma más renovada,  práctica, cultural y social como es el aporte presentado por Freire (1996) en su texto La importancia del acto de leer donde argumenta: que “el aprendizaje de la lectura y la escritura  como un proceso íntimamente ligado al mundo de los alfabetizados, como un instrumento de crítica y liberación en el que el verdadero sujeto es quien aprende. Lejos de las prácticas meramente mecánicas del «ba-be-bi-bo-bu», como él mismo dice, Freire defiende la actitud creadora en la quien enseña ayuda, orienta, a ese «sujeto» verdadero que se adueña críticamente de su destino”. (Freire, 1996, pág. 81)
Al tener una ruta conceptual de la visión de lo que refiere los actos de la lectura y la escritura, se puede avanzar hacia la consolidación del entendido referido a las prácticas que ellas conllevan no solo en contextos escolares, sino en los distintos ambientes que intervienen los individuos para comunicarse.

Por ello, así como se entienden dichas prácticas como “prácticas sociales”  (Lerner, 2003) éstas se conciben dentro de la escuela como un conglomerado de actividades que promueven el desarrollo de escenarios pedagógicos que buscan insertar al estudiante o cualquier agente educativo un ser lector o escritor; formando una cultura por la lecto-escritura donde se liberen de ideales tradicionalistas de solo reproducción de información, para llegar a momentos bien definidos hacia la comprensión e inserción de los textos en la vida de cada estudiante.

Por consiguiente, la idea de práctica de leer y escribir no solo es un hecho de promoción de lo mismo, sino que expande su objeto hacia la consolidación de una escuela que abre las puertas a la comunidad y que moviliza su accionar hacia el desarrollo de habilidades en grupo, para que cada ejercicio educativo sea permeado por las prácticas lectoras y escriturales, que en un principio fueron entendidas  como un “procesos de enseñanza de saberes para la adquisición de una técnica: técnica del trazado de las letras, por un lado, y técnica de la correcta oralización del texto, por otra parte”(Ferreiro, 2000, p. 34.).

Es claro, que aquellas prácticas deben ser planeadas, coordinadas y ejecutadas por los docentes con un sentido de responsabilidad a la hora de emprender la dura tarea de movilizar ambientes transformadores y renovadores que permitan la liberación de leer y escribir e involucrar a cada miembro social que interviene en la escuela en una comunidad de lectores y escritores. Sin embargo, para cumplir este desafío es necesario reconceptualizar el objeto de enseñanza y construirlo tomando como referencia las prácticas sociales de la lectura y la escritura, para esto es necesario hacer que la escuela funcione como una comunidad  integradora de experiencias de vida en vínculo y contraste con las experiencias del texto, para buscar respuestas a los problemas que necesitan resolver, tratando de encontrar la información para comprender mejor algún aspecto del mundo que es objeto de sus preocupaciones.

Se necesita pues hacer de la escuela un ámbito donde la lectura y la escritura sean prácticas vivas y vitales, donde leer y escribir sean instrumentos poderosos que permitan repensar el mundo en el que viven y reorganizar el propio pensamiento, donde interpretar y producir textos sea una cotidianidad que dinamiza y articula los saberes disciplinares hacia la significación; ya que es fundamental que docentes y estudiantes se conecten en líneas de pensamientos divergentes, propios, posibilitadores y generadores de prácticas socio-culturales alejadas de la esquematización y la uniformidad no solo del pensar sino del hacer, para poder engendrar caminos de diferencia y liberación, que encarnen de verdad unos momentos de lectura y escritura que dignifiquen cada sujeto, de acuerdo a sus grados de ver e interpretar sus realidades, como factores decisivos a razón de la responsabilidad y el respeto por lo otro.

Por todo lo anterior, cada práctica de lectura y escritura se enmarca es situaciones didácticas, que van desde un encuentro personal con el texto, con el autor, sus escenificación y pasa por los registros, producciones textuales, mapas conceptuales, relecturas, talleres y construcción de mundos posibles; que albergan las distintas interpretaciones de cada realidad. De esta manera, se pasará a dar encuentro vivo con la cultura y la sociedad, entendiendo fielmente los diferentes contextos que suscitan los pensamientos de cada sujeto; pues un acto de leer y escribir, no solo debe generar una visión, debe encarnar las diferentes miradas (tradiciones, costumbres, valores, manifestaciones) de cada individuo, lo que asegura mayor riqueza y valor a la hora de movilizar dichas prácticas escolares.

Este proceso integra un conjunto de planificaciones docentes que aseguran que el alumno es un sujeto que aprende y enseña; y por ende debe ser dueño de sus decisiones y con mayor expresión de la palabra. Por ello, la acción educativa se posibilita como un lugar generador de pensamiento y reflexión sobre el mismo entorno,  como lo argumenta Rodari, G.(1985) cuando es citado en el texto las prácticas de lectura y escritura como ejes de la Formación docente y sus implicancias didácticas “una práctica docente que comparta el deseo y el compromiso de democratizar los usos de la palabra. (Carrió, M., Ochonga, M., &Codesal, A. 2004, p. 9)

En síntesis, se asumen la lectura y la escritura como una prácticas generadoras de cambio y promoción de movilidades educativas y pedagógicas a razón de la reflexión, la autodeterminación, la autorregulación y en la puesta en común de diferentes mundos posibles que abran espacios para la crítica y la producción escrita y oral a partir de la diversidad, que solo se verá dignificante para el ser de educando cuando se integre como una práctica liberadora y consciente en su ser.

Por: Homer Alonso Hincapié Ruiz - Educador

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